¿Tiene usted tres minutos para hablar de… mis preferidos del año 2024?
Esto no es una lista con mis preferidos de 2024... Esto es más bien un intento de ver qué microcosmos han formado mis pelis, series, discos y libros favoritos del año que acabamos de cerrar.
Hace mucho tiempo que dejaron de interesarme las listas de lo mejor del año en cualquiera de sus variantes. Y no voy a entrar aquí en detalles sobre mi desencanto, porque eso daría para otra entrega de esta newsletter. Lo resumiré de la siguiente forma: a día de hoy, ¿a quién carajo le interesa una lista de pelis, discos o lo que sea así, a palo seco? O, como máximo, con un parrafito que siempre (¡siempre!) será insuficiente a la hora de justificar cualquier presencia en algo tan solemne como este tipo de inventarios anuales.
Ya no me interesan las listas genéricas… pero, en contraposición me interesan más que nunca las charlas con las amichas que, en el quicio de la puerta que da paso de un año al siguiente, nos marcamos para hacer recapitulación de todo aquello que nos ha flipado. Esta misma newsletter nació de mi certeza a este respecto: a nadie le interesa ya la objetividad y ahora todo va de susceptibilidad. Y no hay nada más objetivo (y jodidamente aburrido) que las listas de lo mejor del año.
Así que mi intención en este texto no es daros la turra con largos listados (esos me las guardo para mí), sino que prefiero invitaros a una charla de amichas en la que hablaros de cómo mis pelis, series, discos y libros han gravitado los unos hacia los otros hasta formar pequeños microcosmos de sentido. ¿Suena raro? Será que soy raro. Pero ¿no es eso lo que más nos gusta cuando nuestras amichas nos explican sus obsesiones? ¡Identificar en ellas las rarezas que las han convertido en nuestras amichas!
(Antes de empezar, eso sí, un par de consideraciones… La primera es que, como he escrito en diferentes lugares sobre muchos de los protagonistas de estas listas, he incluido links hacia mis textos siempre que existan. Y la segunda es que, por una vez, la lectura de esta newsletter te llevará más de tres minutos. Valga este parrafito como mi perdón por anticipado.)
Cine
Antes de nada, voy a aclarar algo que servirá para (casi) todo de lo que viene a continuación: nos pasamos tantos años sin representación LGTBIQ+ en la cultura general que ahora toca recuperar el tiempo perdido. Yo mismo malgasté demasiados años de mi vida intentando extirpar la mariconería de mis gustos culturales para que nadie pudiera despreciarlos o hacerlos de menos. Tanto tiempo desperdiciado en perseguir el dragón de la cultura elevada (es decir: aquella refrendada por la sensibilidad del hombre heterosexual blanco) cuando, al final, lo que siempre había necesitado realmente es que la cultura me hablara a mí directamente.
Así que, en los últimos años, uno de los microcosmos más exuberantes y coloridos de la cultura que me atraviesa es aquel que orbita alrededor del arcoíris LGTBIQ+. En 2024, de hecho, es interesante observar que lo LGTBIQ+ ya no se limita a la representación en el audiovisual, sino que se atreve a la exploración de temáticas complejas intrínsecas a la comunidad como las de algunas de mis pelis favoritas de este año: las heridas pasadas que dificultan las relaciones sanas en la comunidad gay en “Desconocidos” de Andrew Haigh; la importancia de la amistad en estos tiempos en los que Instagram y Grindr endiosan a ciertos cánones en “El Verano con Carmen” de Zacharias Mavroidis; la proliferación de perversos narcisistas en “Solo” de Sophie Dupuis, la necesidad de un espacio seguro adolescente en el que darle forma a nuestra personalidad real en “Big Boys” de Corey Sherman… ¡Si es que incluso “Rivales” de Lucas Guadagnino es una catedral a lo maricón disfrazada de peli para heteros que cren que van a ver a Zendaya montarse un trío!
Aunque tengo que reconocer que, a principios de 2024, pensaba que el microcosmos más estimulante del año iba a ser más bien la necesaria recuperación del humanismo como cremita para todas las pupas que la era de la incomunicación abre día tras día en nuestras almas. Es imposible no acabar siendo un poquito mejor persona después de exponerse a la melancolía de los que la vida deja atrás en “Los Que Se Quedan” de Alexander Payne, la belleza de contemplar el mundo a nuestro alrededor en “Perfect Days” de Wim Wenders, la necesidad de sintonizar con la naturaleza en “El Mal No Existe” de Ryüsuke Hamaguchi… Lo que ocurre es que, después, pareció que el año se desentendía de este humanismo, por lo menos hasta que llegó François Ozon y su apuesta por la certeza de que es mejor una familia elegida fuera de la moral que una familia tóxica dentro de la ley en “Cuando Cae El Otoño”.
Por último, y como viene ocurriendo en los últimos años, en 2024 he seguido gozándolo con las complejas disertaciones sobre feminidad de un microcosmos cinematográfico que este año ha sido superpoblado por maravillas como la crítica a los monstruos que crea el heteropatriarcado en “La Sustancia” de Coralie Fargeat, el proceso de transición hecho musical en “Emilia Pérez” de Jacques Audiard, la implantación de la semilla de la no conformidad en el thriller ochentero en “Sangre en los Labios” de Rose Glass, la construcción de la identidad en el panorama laboral del nuevo siglo en “No Esperes Demasiado del Fin del Mundo” de Radu Jude y, ¿por qué no?, el cine de acción al que se le extirpa el don de la palabra en “Furiosa” de George Miller.
Series
En lo que respecta a las series, resulta un poco más difícil definir microcosmos porque este tipo de formato está más apegado al concepto de entretenimiento clásico que a las exploraciones del aquí y ahora… ¿o no? Al fin y al cabo, si me lo paro a pensar, resulta que el microcosmos LGTBIQ+ ha vivido algunas de sus más estimulantes exploraciones en la pantalla de la televisión. Ahí están las temáticas gays más clásicas (la maternidad, la comunidad, la amistad, la mortalidad) en “Feud: Capote vs. The Swans”; la cada vez más necesaria reivindicación de la T de LGTBIQ+ en “Vestidas de Azul”; la práctica de la representación natural en “Big Boys”; la ambigüedad clásica más perturbadora en “Ripley”; la adicción como problemática dentro y fuera de la comunidad en “Yo, Adicto”… E incluso el trenzado de lo femenino, lo queer y lo brujeril en “Agatha, ¿Quién Si No?”.
2024 ha vuelto a demostrar que no hay mejor lugar para sublimar la fantasía que la televisión, como atestiguan ejemplos magistrales como “Shōgun” o “Materia Oscura”. Y también ha sido el año en el que he redescubierto el placer del anime como espacio en que esa misma fantasía se permite alcanzar y derribar las fronteras más lejanas, tal y como ocurre en joyas como “DanDaDan” o “Tragones y Mazmorras”. Ah, y una pequeña mención para “Los Años Nuevos”, porque estoy en medio de su visionado justo cuando escribo esto pero ya intuyo que, aunque no sé en qué microcosmos acabará aterrizando, lo tiene todo para convertirse en una de las grandes series de mi vida.
Discos
Muchos han querido ver en “BRAT” la cumbre de la eclosión del microcosmos pop femenino que hemos vivido en los últimos años… Y, por mucho que he estado enganchado al disco de Charli xcx como todo hijo de vecino, he de reconocer que el resto de entregas de divas de este año (Ariana, Dua…) no ha estado a la altura. Así que es necesario que pregunte: ¿cúspide o canto de cisne?
Porque, a la hora de la verdad, el microcosmos en el que más y mejor he flotado a la deriva en este 2025 ha sido femenino, sí, pero no pop. ¿Podría decir que ha sido folk? Algo así. Pero no folk como lo entendíamos hace 20 años, sino ese nuevo folk que se aleja de la crepuscularidad pastoral americana que practican (y elevan) artistas como Angel Olsen y que se abren a otros sonidos, otros folclores, otros microcosmos. Y, ojo, porque este folk de corte más clásico me ha enganchado en discazos como el “Woodland” de Gillian Welch y David Rawlings, el “My Light, My Destroyer” de Cassandra Jenkins, el “Charm” de Clairo, el “Patterns in Repeat” de Laura Marling o el “Seed of a Seed” de Haley Heyndrickx.
Pero, sin lugar a dudas, mi dupla imbatible de este año la han formado dos artistas que han explorado el folk desde otros puntos de vista: la intimidad setentera de Jessica Pratt en “Here in the Pitch” y la nocturnidad arábiga de Arooj Aftab en “Night Reign”. Por no contar la opulencia del rinconcito de este microcosmos conquistado por artistas de nuestro país… Ahí quedan los aires del norte en “És Pregunta” de Tarta Relena, los aires del sur en “Bodhiria” de Judeline o los aires extraterrrestres del “es que acaso no me oyes?” de la rebe.
Mi otro gran microcosmos musical del 2024 ha sido un prado de estrellas brillantes en el que he bailado sin parar… Porque este año hemos vivido algo así como la resaca de aquella danza desenfrenada a la que todos nos abandonamos durante y después de la pandemia. Y esa resaca siente poderosísima en discazos como el “In Waves” de Jamie xx, el “Cascade” de Floating Points o el “Honey” de Caribou. E incluso en el “ten days” de un Fred Again.. del que ya esperamos tanto que un disco normal / bueno puede llegar a parecernos un disco regular / malo. Pero no.
Mención especial a dos cuerpos celestes que no están en ningún microcosmos y que flotan por libre, pero que me han subyugado en 2024 por motivos diferentes: “Somnambulant Cycles” de Keaton Henson por ser lo que veo detrás de mis párpados cuando cierro los ojos; y “Piedras” de Nicolas Jaar por ser el punto intermedio entre el microcosmos de revisión folk y el de la reseca del baile post-pandemia.
Libros
Cierro esta recapitulación con los libros (¡alargar la turra con los cómics y los videojuegos ya sería demasiado!), donde tengo dificultades para quedarme en la actualidad del 2024 porque hace algunos años que decidí leer menos novedades y más clásicos pendientes. Será por eso que el epicentro del big bang literario de mi año ha sido “La Montaña Mágica” de Thomas Mann, una de esas lecturas que te cambia la vida pero de la que no voy a hablar ahora porque como me ponga con ello es que no paro.
2024 ha sido el año de recuperar a uno de esos dioses que están por encima de los microcosmos porque, de hecho, son ellos los que los mueven a su antojo. Y es que en estos meses acompañé la revisión de “Cien Años de Soledad” con la lectura de “En Agosto Nos Vemos”, el libro póstumo de Gabriel García Márquez que es algo así como la magdalena de Proust que te transporta directamente a los mejores momentos de tu pasado como lector.
Obviamente, igual que ha ocurrido en muchas otras áreas de mi año cultural, el microcosmos en el que he pasado más tiempo leyendo ha sido el de las exploraciones LGTBIQ+. Ahí es precisamente donde habitan mis dos libros favoritos de 2024: la revisión histórica desde la ruptura del formato en “Blackouts” de Justin Torres y la dolorosa realidad homosexual en Senegal que contiene “Hombres Puros” de Mohamed Mbougar Sarr. Y claro que la saga “Blackwater” de Michael McDowell tiene su corazón en el microcosmos LGTIBQ+, pero lo interesante de mi evento literario favorito del año (¡vaya mes y medio maravilloso que pasé leyendo esto y solo esto!) es que se desborda hacia otros microcosmos para acabar haciéndome pensar que ojalá los folletines literarios vuelvan a estar presentes entre mis favoritos de este 2025 que acabamos de descorchar.
Una última consideración a modo de broche final: en los últimos años, he acabado cerrando mis listas en junio precisamente gracias o por culpa de las recomendaciones de las amichas. Así que ahora dime tú… ¿Cuáles han sido tus favoritos de 2024? ¿Qué echas en falta en mis listas?
¿Tiene usted más de tres minutos?
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Preparándome una lista con todas las recomendaciones en Spotify? Pues si señora!